|
BOSTON.- Es un día inusualmente soleado para esta época del año -en especial
si se tiene en cuenta que la zona padece larguísimos inviernos con
temperaturas de hasta 20° bajo cero- y la "cuna de la libertad", como se
conoce en los Estados Unidos en esta ciudad atravesada por el río Charles,
es un ejemplo muy ajustado de lo que imaginamos como Primer Mundo: calles y
edificios relentes, transeúntes de aspecto distinguido, un modernísimo
parque automotor... Y, a una caminata de distancia, dos de las universidades
más prestigiosas del mundo: Harvard y el Massachusetts Institute of
Technology (MIT). Arboles de hojas cobrizas flanquean la sede histórica de
este último. Hay pocos transeúntes, pero los edificios que componen el
campus del instituto creado por William Barton Rogers en 1861 se suceden por
varios kilómetros, cada uno con su particular diseño arquitectónico.
En el número 43 de la calle Vassar se encuentra su más reciente adquisición:
una construcción de más de cien mil metros cuadrados, impecable y
minimalista, que alberga desde hace algo más de un mes los institutos
McGovern para el Estudio del Cerebro y Picower para el Aprendizaje y la
Memoria. Allí trabaja Gabriel Kreiman, uno de los integrantes de la diáspora
de científicos argentinos. Gabriel llegó a los Estados Unidos para hacer un
doctorado después de graduarse como químico en la UBA. Mientras nos guía a
través de las instalaciones del instituto, descubre algunas de las claves
que separan al Norte del Sur.
La filantropía es, sin duda, una de ellas. La creación de la obra edilicia y
de los institutos fue posible gracias a donaciones de 500 millones de
dólares. Pat McGovern fue alumno de MIT y se hizo millonario como autor de
una serie de libros que abordaban desde la computación hasta las inversiones
en la bolsa en una versión "para tontos" (for dummies).
En el MIT trabajan 59 premios Nobel y 29 ganadores de medallas nacionales de
ciencia de los EE.UU. Semejante voltaje intelectual es un poderoso imán al
que se suman una retribución anual de 70.000 dólares como mínimo, una
biblioteca de 5 millones de volúmenes, suscripciones a 20.000 publicaciones
científicas, instalaciones que se extienden por más de 40 kilómetros
cuadrados y que incluyen desde un gimnasio hasta un hospital.
"Personalmente, me apasiona hacer ciencia; todo el día estoy pensando en mis
experimentos -dice Kreiman-. Y acá, a diferencia de lo que ocurría en la
Argentina, uno no tiene que andar corriendo entre tres trabajos, ni
preocuparse de si va a haber presupuesto o no, si andan los equipos o no.
Las cosas funcionan. El único límite es la imaginación."
Para Kreiman, Boston es como una moderna Atenas, por el peso específico y
creativo que alberga. En su laboratorio trabajan alrededor de 20
investigadores. Sólo tres son norteamericanos. Qué manera de regalar
talento. |